miércoles, 22 de julio de 2009

¡Papá, ven en tren!

Tren de la costa, hacia mediodía de una jornada cualquiera de verano, trufado de guiris y nativos. Si insufrible es el trayecto de pié, con las emanaciones corporales del pasaje provocadas por un caluroso día estival entrándote por los orificios nasales, lo peor está por llegar: la estación de transferencia, como se estila decir ahora, es un horno. Los escasos minutos que se tardan en hacer un transbordo te dejan la piel más rustida que la un pollo en el asador del bar de la esquina de mi calle. Para remate, hay que emular al santo Job y aguantar que los pseudoprogres de ICV, con Saurarmani a la cabeza, insistan en que los curritos acudamos al trabajo en transporte público. ¡Qué bien aconsejar esto cuando se dispone de coche oficial refrigerado y con chofer!

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